¿Qué certezas tiene usted sobre el funcionamiento del cerebro que aprovecharía mejor en la preparación de una clase?
Hay varios aspectos que tenemos claros sobre el funcionamiento del cerebro en lo que respecta a la educación y a la adquisición de nuevos aprendizajes (aunque yo no lo llamaría “certezas”, porque es una palabra que me remite a creencias y a dogmas, y la ciencia no es ni puede ser jamás dogmática). Lo primero son las emociones. El cerebro almacena cualquier aprendizaje que tenga componentes emocionales y lo usa mucho mejor. Componentes emocionales positivos (placer, sorpresa, alegría), puesto que son los que permiten mantener el gusto por aprender a lo largo de toda la vida. El segundo es la importancia de la colaboración. El cerebro se activa con especial intensidad cuando colabora con otras personas y, cuanto más activo está, mejor implantados quedan los aprendizajes. Y el tercero es la flexibilidad: cada cerebro madura a un ritmo diferente, por lo que las estrategias educativas y los entornos de aprendizaje deben respetar esta flexibilidad.

¿Por qué considera que es relevante para un docente conocer los principios de la neurociencia?
Por un motivo muy simple: los alumnos aprenden con su cerebro y, para ayudarles, nosotros usamos el nuestro. El cerebro es el principal instrumento de trabajo de la educación. ¿Alguien se atrevería a conducir un coche sin saber cómo funcionan los mandos? Pues lo mismo.

¿Qué les diría a los escépticos sobre los descubrimientos de la neurociencia en el aprendizaje?
Que el escepticismo forma una parte muy importante de nuestra capacidad crítica y, por lo tanto, que lo mantengan activo. Pero debe ser un escepticismo que lleve a la apertura mental, no que sirva para mantener estrategias pedagógicas que pueden ser pulidas a través del conocimiento científico de cómo funciona el cerebro. Asimismo, para que no se preocupen, les diría también que la neurociencia no se puede aplicar directamente en el aula: hay que conocer los principios y filtrarlos siempre en función de los objetivos finales que queramos conseguir a través de las estrategias pedagógicas más adecuadas. Pero la pedagogía debe aprovechar esta nueva y fascinante posibilidad que se le abre y usar también los conocimientos científicos.

Si un profesor quisiera mañana aplicar algún principio de la neurociencia en el aula, ¿qué le recomendaría?
Que primero examine su propia mente para ver cómo le gusta aprender a él, y que si quiere que sus alumnos se motiven, él debe sentirse motivado por lo que va a transmitir.

¿Qué pueden aportar iniciativas como EduMindUp! que difundan la neurociencia entre los profesionales de la enseñanza?
Transmitir el mensaje de que los estudios en neurociencia cognitiva pueden y deben ayudar (de hecho ya lo están haciendo) a mejorar todavía más nuestras estrategias educativas, siempre en beneficio de los alumnos. De hecho, una de sus principales aportaciones es que demuestran por qué muchas de las estrategias educativas que se engloban dentro de la pedagogía moderna funcionan, lo que implica que ya lo estamos haciendo muy bien. Estos trabajos nos pueden ayudar a pulirlo, pero en ningún caso suponen una “enmienda a la totalidad”, sino más bien todo lo contrario.

¿Cree que en el futuro las herramientas derivadas de este conocimiento pueden generar un salto cualitativo en el rendimiento académico de los alumnos?
Creo que la pregunta debería ser si pueden generar un salto cualitativo en su formación integral, lo que incluye no solo el rendimiento académico, sino muchos otros aspectos importantísimos para la formación de una persona. En este caso, sin duda van a contribuir.

En su libro sobre neurociencia para educadores habla de “neuromitos”… ¿Cuáles serían, a su criterio, los “neuromitos” más extendidos?
Que solo usamos el 10% del cerebro, que escuchar la música de un compositor muy determinado nos vuelve más inteligentes, la existencia de los llamados “estilos cognitivos” y del uso de un hemisferio u otro en función de si los aprendizajes son racionales o emocionales y la hipótesis de las inteligencias múltiples. Lo que no quita, en los dos últimos casos, ni que usemos el cerebro todo por igual ni que la inteligencia sea una única dimensión de nuestra mente. Y, con respecto a la música, cualquier tipo estimula el cerebro.

Usted siempre incide en la importancia del aprendizaje social, lo que se entiende entre profesionales como aprendizaje cooperativo. ¿Por qué es tan importante para nuestro cerebro trabajar-aprender con otros?
Porque la evolución social es lo que ha favorecido que tengamos un cerebro muy complejo. Trabajar cooperativamente es la manera en que el cerebro se activa más, y cuanto más se activa mejor implantados quedan los aprendizajes y con más eficiencia los podemos utilizar. Esto no quita que también deba haber aprendizaje individual, por supuesto, pero de forma equilibrada.

¿Qué capacidad de impacto concede, a nivel cognitivo, al uso –más bien abuso- de la tecnología? ¿Lo ve en positivo o en negativo?
La tecnología, como la neurociencia, ha venido para quedarse. Los estudiantes deben aprender a gestionarla de forma equilibrada (como los docentes los conocimientos en neurociencia). El uso racional es sin duda positivo, y el abuso, como en cualquier campo, es contraproducente. El uso de tecnología digital favorece conexiones neurales algo diferentes, pero esto no implica que sean mejores ni peores. Son las que el cerebro necesita para estar adaptado a su entorno, y lo que hemos generado es, en buena medida, digital.

¿Afectan en la maduración del cerebro las agendas tan sobrecargadas que soportan los alumnos desde edades tempranas?
Sin duda. El cerebro necesita actividad, estimulación, pero jamás sobre-estimulación. Y del mismo modo que debe estar activo, necesita también sus buenos ratos de relajación, de poder hacer lo que quiera, sin programación previa. Necesita jugar, distraerse y dormir bien. Todo ello es crucial para favorecer aprendizajes de buena calidad.

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